525.600 minutos… así contaba yo el tiempo cuando era niño, deseando que el año pasara rápido y llegara nuevamente la Navidad. Yo era fiel creyente de la magia que envuelve estas fechas, y cuando, después de la medianoche, veía mi regalo bajo el arbolito de Navidad, me lamentaba no haber llegado antes para por fin ver a ese hombre vestido de rojo que supuestamente traía los regalos en Nochebuena.

Santa Claus, Papá Noel, San Nicolás, Viejito Pascuero… da igual cómo lo nombren, al final es el mismo invento.

Ya he crecido, no soy el mismo idiota infantil de antes. Siempre escuchaba a los otros niños decir que Santa Claus no existía y yo me negaba a creer eso, hasta que una vez escuché a mis padres conversando sobre el regalo que comprarían para mí en Navidad y cómo idearían la forma de ponerlo bajo el arbolito sin que yo me diera cuenta. Ese fue el fin de la magia para mí. Aún soy un jovencito, pero ya sé que nada de esas boberías navideñas son ciertas… o al menos eso creía.

Es Nochebuena, son las 23:55… como es costumbre, mi familia está reunida en la sala, disfrutando de una espectacular cena o algo así, la verdad no me importa, yo estoy acostado en mi cuarto, tratando de dormir. Cómo odio estas fechas.

De repente escucho el sonido de un cascabel, un tin-tin que no logro asociar con ningún otro sonido común de la casa. Bueno, debe ser mi mente, estoy casi dormido así que… no, un momento, ahí está otra vez. Unas campanillas o algo así pero, ¿qué diablos puede ser eso? Me levanto de la cama, salgo de mi cuarto y en el pasillo puedo escuchar a mi familia reunida riendo en la sala, y vuelvo a escuchar el cascabel que proviene de otra dirección. Me decido a seguir el sonido que me conduce hacia la parte de atrás de la casa, donde está el cuarto de depósito. Ahí está la ventana abierta, ¡mierda, un ladrón seguramente!… Antes de poder reaccionar alguien se pone detrás de mí para agarrarme fuerte y poner una de sus manos cubierta por un guante sobre mi boca.

— Shh… soy yo.

Una voz grave y cálida a la vez, me paralizó. No puede ser posible… me libera despacio y de inmediato volteo para mirarlo… ahí estaba, era él… el propio Papá Noel en persona. Estaba vestido con su traje rojo, sus botas, su gran cinturón, el gorro, los guantes, todo… y esa barba blanca y espesa. Era bastante corpulento, pero yo no diría gordo… con algo de barriga, sí, pero su contextura era más bien fuerte. Alto, de 1,85 m tal vez. Quedé helado.

— ¿Quién eres? —pregunté, solo para confirmar lo que estaba viendo.

— Ya te dije, soy yo. Soy el mismo Santa Claus en persona.

— No puede ser posible, ¿qué es esto? ¿Acaso estoy soñando? ¿Eres alguien disfrazado? ¿Quién te envió?

— Estoy aquí porque has dejado de creer. Muchas veces, cuando eso sucede, no le doy mayor importancia. Las personas crecen y las nuevas generaciones seguirán creyendo; pero casos como el tuyo son muy especiales. Tú siempre has sido creyente y defensor de la Navidad y de todo lo que eso conlleva. Siempre creíste en mí y por eso estoy aquí. Como sabes, soy como un espíritu que viaja por el mundo dejando regalos en los hogares de millones de niños en tan solo unos minutos, pero muy pocas veces en la historia ha pasado que me veo en la obligación de tomar forma humana, para liberar del odio, del rencor, de la desconfianza, a aquellas almas puras que han dejado de creer. Por eso estoy aquí.

— Jaja, me estás jodiendo, ¿verdad? Dime ya, en serio. ¿Quién eres?

— Está bien, como veo que eres algo difícil, voy a darte un regalo que sé que jamás olvidarás y te hará creer de nuevo en mí.

Este señor, el tal Claus, puso sus cubiertas manos sobre mis mejillas y se acercó para darme un beso… este beso era algo que jamás había sentido… una sensación entre fría y cálida, no sabría explicarlo pero fue muy especial. Sentí como cien mariposas revoloteando en mi estómago.

— No estés nervioso —me dijo—, esta será una verdadera Nochebuena.

Volvió a besarme, esta vez con un poco más de pasión, y poco a poco empezó a deslizar sus manos por mi cuerpo. Se deshizo de mi pijama con gran agilidad, dejándome con tan solo mi ropa interior, negra, en contraste con mi pálida piel.

Su lengua acariciaba la mía, sus labios hacían gran presión contra los míos mientras su barba generaba una sensación de cosquilleo que en vez de molestar, era muy agradable. Sus manos tomaron mis nalgas con fuerza. Las metió entonces dentro de mi ropa interior y la deslizó hasta dejarme completamente desnudo. Luego comenzó él a desvestirse.

Se quitó el sombrero, luego las botas, se desabrochó el cinturón, se quitó su gran capa roja, el pantalón, el camisón, el short, las medias, su ropa interior… todo, absolutamente todo. No podía creer que tenía a Santa Claus totalmente desnudo frente a mí. Su cuerpo, bastante robusto, estaba cubierto por una capa de vellos grises y blancos, sus piernas fornidas, sus brazos musculosos, su barriga tersa y sensual… y lo mejor de todo era el gran miembro que Santa ocultaba bajo su ropa. Debía medir, sin exagerar, unos 25 cm. Bastante grueso, con las venas muy marcadas y una capa de vellos grises en su base. Las bolas eran enormes y guindaban en ese arrugado escroto, seguramente cargadas de leche.

Tenía la boca echa agua, literalmente, pero aún así estaba en shock, hasta que levanté la mirada y vi a Santa a los ojos, quien me hizo un gesto algo pícaro, invitándome a acercarme. No pude resistir más y me arrodillé frente a él.

Primero empecé a lamer las grandes bolas de Santa, despedían un olor embriagante y adictivo, olían a macho, a hombre, pero no era un olor desagradable. Subí con mi lengua recorriendo cada uno de esos 25 cm hasta llegar a la punta del glande que estaba ya algo baboso por el líquido preseminal. Me metí aquella gran verga en la boca, y aunque puedo jactarme de ser un pasivo tragón, aquello me llegaba a la garganta y aún quedaba una parte afuera. El mismo Santa tomó mi cabeza con fuerza y me la metió completa, me estaba ahogando pero era deliciosa.

Empecé a tener arcadas y me la sacó, me tomó del cabello para que levantara la vista y ahí estaba él, totalmente transformado con una cara de morboso dándome golpes en la cara con su verga.

— ¿Te gusta? —preguntó.

Mi respuesta fue metérmela otra vez en la boca y chupar como un ternero chupa la ubre de su madre. Así estuve unos minutos.

Volvió a sacármela y me levantó la cara.

— ¿Qué quieres para Navidad?

— Quiero que me la metas —le dije.

Me levantó y me puso sobre un mueble lleno de adornos y cosas viejas. Tumbó todo eso y me dejó ahí acostado boca arriba. Tomó mis piernas, las abrió, calculó el tiro y soltó un escupitajo que dio a parar en la entrada de mi culito que estaba casi dilatado, más bien palpitando, pidiendo verga.

Puso su gran miembro en mi hoyito, y empezó a empujar. El dolor era indescriptible pero la sensación de placer era aún mayor. Solté un par de gemidos, pero aquel hombre me tomó con fuerza y me la empujó toda de una vez. No pude evitar gritar, enseguida me tapó la boca:

— Shhh… no quieres que tu familia nos descubra, ¿verdad?

Y fue embistiendo poco a poco mi culito, cada vez con más fuerza, y más fuerza, y más…

Estaba culeando con Santa Claus en Nochebuena, él me estaba cogiendo, era un caso especial para él y así me hacía sentir. El dolor iba desapareciendo poco a poco para dar lugar a cada vez más placer.

Era tanta la fuerza de sus embestidas que el mueble estaba rechinando, tal vez a punto de romperse, pero yo no quería que parara, y evidentemente Santa no iba a parar hasta dejarme el culito rojo y lleno de leche.

Así lo hizo, empezó a soltar gruñidos mientras sentía cómo chorros y chorros de espesa leche caliente se adentraban en mi ser y se desbordaban en mi culo y mis nalgas… me hizo acabar a mí también, el condenado.

Nos quedamos un rato así, con mi abdomen lleno de mi leche y mi culo lleno de la suya, pero sin sacarme la verga. Quedé tumbado sobre el mueble, en éxtasis.

Por un momento cerré los ojos, me sentí como flotando en el aire, como si estuviese soñando… abrí los ojos y estaba nuevamente acostado en mi cama, eran las 23:59. Mierda, todo había sido un sueño.

Me levanté y fui hasta el depósito, en efecto la ventana estaba cerrada, como siempre. Todo estaba en perfecta normalidad.

Pero ya va, algo extraño había allí… sobre el mueble donde soñé que me estaba cogiendo Santa, no había nada, todas las cosas estaban tiradas en el suelo. Y por si fuera poco, toqué mi culito y realmente me ardía.

Tal vez no fue un sueño, después de todo, o tal vez sí, nunca lo sabré. De lo que sí tengo la certeza es que después de aquella experiencia, y aunque pasen los años, jamás olvidaré a Santa, y nunca más volveré a odiar la Navidad.

Ah, ya son las doce. ¡Feliz Navidad!