Iba cargado de bolsas por los pasillos de abarrotado centro comercial. Cuando a lo lejos lo vi. Se acaba de sentar en una de las cafeterías del pasillo. Hacía años que no lo veía. Era el padre del que fuera mi mejor amigo en el colegio. Me acerqué hacia donde estaba y al llegar me dirigí a su mesa.

  • Buenas tardes D. Carlos. ¿Se acuerda de mí? – Le saludé.

Me miró con una sonrisa cortés. Era evidente que no.

  • Soy Alberto. El amigo de su hijo Raúl.

Al fin vi como se hizo la luz en su cabeza. Se levantó y tendiéndome la mano me dijo

  • ¡Albertito como has cambiado! No te reconocí. – me dijo mientras agitaba mi mano de la que colgaban las bolsas

Al darse cuenta de lo cargado que iba me invitó a sentarme mientras me ayudaba con los paquetes.

  • ¿Qué es de tu vida? Hace tiempo que no se de ti.
  • Si. Dos años. Desde que ustedes se divorciaron.
  • Ya. Desgraciadamente tampoco veo mucho a mi hijo. No se tomó a bien nuestra separación. Me cree el culpable de la misma. – dijo mientras su cara se entristecía.
  • Lo sé

Tras unos segundos en silencio, me preguntó si deseaba tomar algo. Acepte la invitación. Estaba muerto de sed.

Mientras el localizaba el camarero le observé, no había cambiado mucho. Era un hombre elegante de abundante cabello un poco largo y habitualmente muy cuidado. Se le comenzaban a platear las sienes que complementaban muy bien con su barba  también canosa en algunos lugares. Siempre vestía elegantemente con traje y corbata pero complementándolo con algún detalle que le restaba severidad al conjunto. Estaba más allá de la cuarentena, pero no sabría decir cuánto. Pero lo que más llamaba la atención en él, eran unos hermosos ojos verdes que destacaban con su pelo negro.

Mientras nos servían las bebidas reanudó la conversación

  • Ya veo que estás aprovechando bien las ofertas – me dijo señalando toda mi impedimenta.
  • Si me estoy gastando todo el dinero que ahorre con los trabajillos del verano.
  • ¿Has trabajado todo el verano? Me parece muy acertado por tu parte. Como me gustaría que Raúl trabajase alguna vez.
  • Se ha ido de viaje por Europa con Ana.
  • Lo sé. Me han llegado todos sus cargos de la tarjeta de crédito. – Parecía enojado.
  • Bueno él no tiene la culpa si Vd….
  • Lo se. Lo se. No me importa que se divierta pero es necesario que empiece a enfrentarse a la vida por sí solo. Como un hombre. Como lo haces tú. – y se quedó pensativo durante unos instantes.
  • Bueno y cuéntame que ha sido de tu vida. – Prosiguió Carlos
  • Nada de particular. El próximo año comienzo mis estudios universitarios. En mi tiempo libre hago deporte. Y nada más que contar que pueda ser de interés.
  • ¿Ya sabes lo que vas a estudiar?
  • Si. Ingeniería Informática.
  • ¡Hombre voy a tener un colega! – me dijo mientras me palmeaba la espalda
  • Siempre le he admirado mucho Don Carlos – le dije con seriedad.
  • No lo sabía. Pero llámame Carlos si no tendré que seguir llamandote Albertito y ya estás muy crecido para ello- me dijo mientras se reía
  • Sigues siendo vecino de mi hijo ¿Verdad?
  • Pues no. Precisamente mi familia se acaba de mudar. De ahí vienen el volumen de mis compras. Estoy amueblando mi nuevo cuarto.
  • Bueno veo que ya te has equipado de todo
  • Si de casi todo. La pena es una Smart TV que he visto. Una autentica ganga.
  • ¿Se te ha acabado el presupuesto?
  • No en absoluto. Lo que pasa que no conduzco. Mis padres se han marchado de fin de semana y con este gentío quien encuentra un taxi.
  • Ya, ya.
  • ¿Ahora vives muy lejos?
  • Que va es una nueva urbanización que acaban de construir. Se llama Soto Real.
  • A si la conozco. Está muy cerca de donde ahora vivo.

Se quedó meditando unos minutos y luego animadamente me dijo:

  • Oye si la quieres comprar la tele puedo ayudarte a llevarla a casa. Me pilla de camino. Tengo el coche en el parking
  • Pero es que es muy grande. 55 pulgadas. No quiero ocasionar ninguna molestia.
  • No te preocupes. Mi coche también es muy grande. Venga por los viejos tiempos.

Recordaba cuando el padre de Raúl nos llevaba con frecuencia de viaje. A la playa a hacer surf en verano, a la montaña a esquiar en invierno. Habían sido momentos muy felices de mi infancia. Era muy activo y divertido siempre buscando nuevas aventuras. Me caía muy bien y creo que era un sentimiento recíproco.

  • Venga Alberto, vamos por ese pedazo de tele.

Tras abandonar la cafetería nos deslizamos presurosos entre la multitud hacia el establecimiento. Al llegar pude observar que una pareja de personas mayores estaban cogiendo la última del palé.

  • Mierda demasiado tarde – Exclamé decepcionado.
  • ¿Es esa? – Me pregunto Carlos
  • Vamos a preguntar. Tendrán más. – me animó
  • No ya estaba informado que eran las últimas unidades.

Carlos se rascó la cabeza y al fin me dijo

  • Bueno quédate aquí – Y se dirigió despreocupadamente hacia los compradores

Vi como entablaba de forma casual una conversación. No se qué les dijo pero empezaron a discutir entre ellos. Al final se marcharon dejando el Televisor y perdiéndose entre la multitud.

Carlos se apoyó triunfante sobre la enorme caja y sonrió triunfante mientras me guiñaba un ojo:

  • ¿Qué les has dicho? – le pregunté intrigado.
  • Que yo había comprado una y que era una mierda. Les dije que me había estado informando y que todas tenían el mismo problema. Un defecto de fabricación.
  • ¿Y es verdad? – Le pregunté preocupado.
  • ¡Qué va! ¡Parece cojonuda! – Se rio.

Cuando íbamos en dirección al coche vimos a la pareja que nos miró como arrastrábamos el carrito con la tele. Nos contemplaron asombrados sin poder dar crédito a sus ojos.

  • Venga corre- Me dijo Carlos divertido mientras empujaba velozmente el carro de la compra

Al echar la vista atrás vi como la pareja discutía acaloradamente.

Nos costó introducirla en el maletero pero al fin lo conseguimos. Y emprendimos la marcha entre el atasco de coches que abandonaba el centro comercial.

Carlos me habló de cómo habían sido estos dos últimos años en los que no nos habíamos visto y de cómo era ahora su vida. Se le veía dolido con su hijo e intentaba que le hablase de Raúl, pues a él no le contaba nada me decía. Yo le contestaba con evasivas eludiendo dar detalles.

Al fin conseguimos salir del núcleo urbano y nos metimos por una carretera secundaria más desahogada de tráfico. A lo lejos se veían las luces intermitentes de un paso nivel. Detuvimos el coche y Carlos se volvió y me miró directamente.

  • Veo que no me cuentas mucho de Raúl. ¿Qué pasa estáis enfadados?
  • Bueno no exactamente. Pero desde que empezó a salir con Ana la relación se fue enfriando.
  • ¿Os peleasteis por Ana? ¿Te gusta?
  • No. – y tras dudarlo unos segundos añadí- Me gustaba Raúl

Carlos un poco violento miró al frente y luego volvió sus ojos hacia mí.

  • ¿Y ya no te gusta?
  • No, en realidad creo que nunca me gustó. Era otra persona la que me gustaba.
  • ¿Quien? – Me pregunto curioso. Luego se dio cuenta de su incorrección y prosiguió – Perdona no tienes que explicarme nada. No es de mi incumbencia.

Tras mirarle intensamente a los ojos acerqué una mano a su mejilla y le acaricié la barba.

  • El que siempre me gustó eres tú .- Le dije para luego acercar mis labios a los suyos y darle un tierno beso.

El estruendo del tren nos hizo volver a la realidad.

Se agarró al volante con fuerza y mantuvo la mirada perdida en el vacío durante unos instantes que parecieron eternos. Al fin me dijo

  • No quiero herirte. Nada más lejos de mi intención. Pero verás, a mi no me va esto. Además podrías ser mi hijo. Vamos a olvidar lo ocurrido. Como si no hubiese pasado. ¿Vale?
  • Vale. – le dije triste mientras dos lagrimones se deslizaban por mis mejillas.

El claxon del coche de atrás hizo que acelerase poniéndose en marcha. Recorrimos un largo trayecto en silencio. Me encontraba fatal.

Al ver un anuncio de un área de descanso no pude aguantarme más y le rogué que se detuviera un segundo.

  • ¿No te encuentras bien? – me dijo preocupado.
  • No es nada. Un poco mareado. Necesito que me de un poco el aire. ¿Te importa?
  • No, no. – me respondió.

Se metió por la vía de acceso y llegamos a una zona despejada entre el arbolado que la circundaba. Me bajé del coche y comencé a caminar para serenarme.

Siempre había estado colgado de él. Cuando a veces lo veía desnudo en algún vestuario no podía apartar los ojos de su cuerpo y de su sexo. Sin poder evitarlo tenía una erección que me apresuraba a ocultar.

Ahora le había abierto mi corazón y me había rechazado. Pero no estaba dispuesto a rendirme en la primera batalla.

Regresé hacia el coche.

Carlos fumaba apoyado en el capó mientras me esperaba. La luz de los faros daba al lugar un aspecto mágico, fantasmal.

Me dirigí hacia él y cuando estuve enfrente, le puse una mano en el cuello y le di un beso apasionado mientras me pegaba a su cuerpo. Mi lengua buscaba afanosamente la suya. Sin darle tiempo a reaccionar puse la otra mano sobre su paquete y le comencé a masajear. Me intentó detener cogiéndome por la muñeca pero yo insistí denodadamente.

Su polla empezaba a responder. La sentí agitarse y crecer con mis caricias.

Sin pensarlo dos veces me arrodillé raudo y en un abrir y cerrar de ojos le desabroché la bragueta;  le saque la polla y me la metí en la boca. Que delicia sentir aquella suave carne trémula en mis labios.

Entregado al placer soltó mi muñeca y depositó su mano en mi cabeza. Se dejaba hacer entre gemidos. Era mi primera mamada pero parecía como si algo innato en mí me dirigiese. A pesar de la dificultad de tragar aquel rabo de considerables proporciones, mi polla se puso dura como el pedernal.

Al fin su pubis cosquilleo mi nariz mientras su tranca se perdía en mi garganta.

Cuando más calientes estábamos se oyó un coche acercarse. Carlos me apartó apresuradamente y se metió la polla dentro de los pantalones subiendo raudo la bragueta.

  • Vámonos de aquí. Esto ha sido una locura.

Nos subimos precipitadamente al coche y nos marchamos quemando rueda.

El resto del viaje permanecimos en silencio. La tensión se podía palpar en el aire junto al espeso humo de los cigarrillos que Carlos fumaba sin tregua. Yo no sabía que decir. Y evidentemente él tampoco. Al fin llegamos a donde yo vivía.

Las calles de la urbanización estaban desiertas y no se veía luz en ninguna de las viviendas. Le fui indicando hasta llegar a mi casa.

  • Aquí es – le dije.
  • ¿Dónde dejo el coche? – – me preguntó
  • Donde quieras. de momento solo nos hemos mudado nosotros. Todavía no han llegado el resto de los vecinos.

Aparcó enfrente de la puerta que le indicaba y nos apeamos. Entre los dos descargamos mis paquetes. Cuando acabamos me miró y me dijo

  • Bueno Albero yo ya me voy. Adiós.

Me puse a arrastrar pesadamente mi carga hacia la puerta mientras se dirigía al coche.

De repente oí su voz

  • Espera yo te ayudo. No vas a poder con todo.

Debió de apenarse de mi al verme arrastrar el voluminoso televisor y decidió echarme una mano.

  • Voy a meter el resto de las bolsas y luego vengo a ayudarte con el televisor. – le dije

Presuroso abrí la puerta y dejé caer las bolsas en el vestíbulo. Luego corrí a ayudarlo. Con dificultad lo pudimos meter en el pequeño recibidor.

  • ¿Dónde lo dejamos? – Me preguntó
  • ¿Sería mucha molestia que me ayudases a subirlo a mi habitación? – le dije
  • No. Vamos allá.

Nos costó subirlo por las estrechas escaleras pero al fin llegamos a mi cuarto.

Carlos se entretuvo mirando la estancia. Solo se veían algunos libros sobre las estanterías y el despertador en la mesilla de noche. Las paredes estaban desnudas y un montón de cajas de cartón se apilaban contra una de las paredes. En el armario empotrado aún no se habían colocado las baldas. Una bombilla iluminaba fríamente el lugar.

  • Es grande ¿Verdad? – me dijo
  • Si

Tras depositar el televisor en el suelo, nos quedamos mirando sopesando lo que nos íbamos a decir. Al fin se decidió

  • Veras Alberto. Ya te dije que no me va esto que tu haces. Son tus gustos y no tengo nada en contra. A mi no me complacen esas prácticas.
  • ¡No parecía que opinabas así cuando tenías tu polla metida en mi boca!- Le espeté retador.
  • Yo no soy maricón- Me respondió altivo
  • ¿Cómo yo? – Le pregunté airado
  • Bueno si, tu eres marica. ¿No? – Me dijo subiendo los hombros

Le miré furioso y sin poder contenerme le di una sonora bofetada.

  • ¡No soy maricón! ¿Entiendes?. Me gustas tu. Pero no soy afeminado. Soy tan hombre como lo puedas ser tú.
  • Bueno yo… – intento decir mientras se acariciaba la dolorida mejilla.
  • Soy un hombre y me gustan los hombres. ¡Que pasa! ¡Pero no pongas en duda mi sexo!
  • Además, es muy violento aprovecharme de un jovencito. Compréndeme. -Arguyó Carlos
  • Lo primero no soy un jovencito. Y además no te estas aprovechando de mi. Yo te estoy seduciendo.- le contesté con una sonrisa de medio lado.

Le cogí de la corbata y le acerqué lentamente a mí. No opuso resistencia.

A continuación le abracé y comencé a besarlo apasionadamente. Nuestros cuerpos se rozaban a través de la ropa y nuestros sexos comenzaron a responder. Sentía el calor creciente de su entrepierna.

Le desanudé la corbata y se la quite. Cuando comencé a desabrochar los botones de la camisa. Me cogió de las manos deteniéndome.

  • No sigas te lo ruego.
  • ¿Acaso tienes miedo?
  • No. Pero no me gusta
  • Como sabes si te gusta o no lo que nunca has probado. – le dije y proseguí con mi labor.

Luego aparte la camisa y descubrí su pecho. Una suave mata de pelo, en la que se veía alguna cana, lo adornaba. Le chupé el cuello y luego fui lamiendo y besando su torso mordisqueando sus pezones.

Su agitada respiración me confirmaba que estaba disfrutando con mis avances.

Le aparté y le desbroché el cinturón y los pantalones con parsimonia. Bajé despacio la cremallera de su bragueta, metí la mano y cogí su polla que ya estaba tiesa.

Era grande. Era bella. Suave y tersa. Cálida y palpitante. El prepucio le tapaba el glande. Y sobre ella una mata de pelo suave como el visón.

Lentamente le descapullé. Brotó una gota cristalina, brillante como un diamante. Luego seguí masturbándole dulcemente mientras descubría y tapaba el capullo con su piel. Mientras lo hacía le miraba intensamente a los ojos.

  • ¿Te gusta? – Le pregunté tiernamente
  • Sí .- Me contestó mientras afirmaba con la cabeza.

Le bese.

Me desabroché los pantalones y me saqué la polla. Estaba a punto de reventar de lo caliente que estaba. Cogí su mano y la llevé a mi sexo. La agarró tímidamente como si fuera un frágil pajarillo. Con la mía le fui guiando para que comenzara a masturbarme.

Sentir el contacto de su mano con mi piel me hizo suspirar profundamente.

Estuvimos masturbándonos mutuamente mientras nuestras pollas empezaban a destilar su néctar que humedecía nuestras manos.

Me retiré y le desvestí por completo quitándole los zapatos. Mientras me incorporaba recorrí todo su falo con mi lengua lamiendo el jugo que de él manaba. Luego me desnude ante su mirada expectante.

Tal como lo recordaba era un bello ejemplar de hombre. De proporciones armoniosas y elegantes. Y aquel rabo siempre dormido cuando yo lo espiaba en silencio, ahora se erguía hacia lo alto como un poderoso y vibrante priapo.

Me pegué a él y nuestras pollas se unieron por primera vez. Me frotaba con fruición contra su babeante sexo mientras le abrazaba estrechamente.  Olía su cuerpo fragante mientras él me comenzaba a morderme el cuello.

  • Dios que gusto – Exclamé

El frotamiento de nuestras pollas y lo estrecho del abrazo hizo que nuestros cuerpos se calentarán y que el sudor comenzase a humedecer nuestra piel.

Le guíe con suavidad hasta la cama y le fui empujando hasta que se tendió sobre ella. Me senté a su lado y tras masturbar su sexo me lo engullí. Tenía un hambre feroz de él, deseaba desesperadamente devorarlo. Le descapullaba con mis labios mientras mi lengua golosa le acariciaba por doquier. Cuando suavemente le mordí el frenillo no se pudo aguantar más y me dijo

  • Jamás nadie me la ha chupado como tú lo estás haciendo. ¡Dios que gusto! – – Exclamó

Envalentonado me tendí en la cama y puse mi polla al alcance de su boca. Mientras seguía con la mamada sentía sus inexpertas evoluciones. Me lamia el palo como si de un helado se tratase y me besaba tiernamente el capullo. Al fin se decidió a introducirla en su boca.

Una cálida e indescriptible sensación me embargó.

Empezó a imitar cada uno de los movimientos que yo hacía en su rabo, repitiendolos en el mio. Nuestros movimientos se comenzaron a acompasar de tal manera que era como si me estuviese mamando mi propia polla.

El ritmo fue en crescendo hasta que sentí como por oleadas el orgasmo se desencadenaba. Mi polla se comenzó a hinchar y sin poder aguantar más me corrí en su boca mientras tragaba toda mi lefa. Estaba en pleno orgasmo cuando sentí su potente herramienta inflamarse aún más y empezar a descargar potentes trallazos de leche. Apenas daba abasto a tragar tal era la cantidad.

Permanecimos temblorosos lamiéndonos y succionando los últimos restos de nuestras corridas hasta que nuestras vergas mansamente se fueron achicando.

Después me di la vuelta y me abracé a él.

  • Ha sido maravilloso- Me dijo Carlos

Nos besamos apasionadamente mezclando en nuestras bocas los sabores de nuestro semen. Nos acariciamos tiernamente durante un buen rato. Luego travieso le cogí la polla y comencé a jugar de nuevo con ella.

No tardó mucho tiempo para que resucitara entre mis manos.

  • Dios pero que me has dado. Vas acabar conmigo – me dijo Carlos mientras me acariciaba la cara.

Me incorporé y apoyándome sobre un codo me quedé mirándole. Tras unos momentos de reflexión le dije

  • Quiero que me folles
  • ¿Como? – Me contestó con los ojos desorbitados y cara de espanto.
  • Si. Quiero que me folles. Necesito sentirte dentro de mí. Fóllame Carlos, te lo ruego. -le dije decidido
  • Vamos, vamos. Una cosa es lo que hemos hecho y otra muy distinta es darte por el culo. Hasta ahí podíamos llegar.
  • Y que más te da- Le argumente – Sé que te has follado a muchas tías. Todo el mundo lo sabe. Alguna habrás enculado me imagino.
  • ¡Joder Alberto! No es lo mismo – Me dijo airado
  • ¿Y por qué? Un agujero es un agujero, digo yo.
  • Ya pero un tío….
  • Acaso no te gusta mi culo – le dije mientras insinuante le colocaba su mano en mi nalga.

Me la apretó, se incorporó y echó una ojeada valorándolo.

  • La verdad es que tienes un culo perfecto. Para que te voy a mentir. Ni grande ni pequeño. Lampiño y suave como un melocotón. Prieto y un poco respingón como a mí me gusta.
  • Entonces fóllatelo- Le dije yo con la mejor de mis sonrisas.
  • Pero así sin preparación. Te va a doler.
  • No te preocupes. De eso me encargo yo. Dame unos minutos.

Salté de la cama y corrí al baño. Me metí en la ducha y me lave bien. Luego cogí el aceite de bebé que usaba mi madre y empecé a lubricarme. Al meter un dedo para prepararme me dolió. La verdad es que me había acariciado el ano alguna vez mientras me masturbaba pero nunca me había metido nada.

De la que volvía corriendo en busca de Carlos cogí una vela perfumada del baño y la encendí.

Con la vela en una mano y el aceite corporal en la otra, entre en la habitación. Carlos estaba desnudo, de pie, fumando a la ventana. La verdad es que tenía también un culo muy apetecible.

  • Ya estoy aquí – Le dije

Se volvió y me miró. Arrojó el cigarrillo por la ventana y me dijo.

  • Tiéndete en la cama. Boca abajo.

Obediente me tumbe tras depositar sobre la mesilla de noche la vela y el frasco. Apague la luz. Observé cómo su cuerpo brillante se acercaba a mí.

  • Buena idea lo de la loción. Te daré un masaje para empezar. – Me dijo mientras se untaba las manos.

Puso sus manos sobre mis hombros y comenzó a descender masajeándome toda la espalda al fin llego a mis glúteos. Allí se entretuvo estrujándolos y acariciándolos. Sentía como mi polla se hinchaba bajo mi cuerpo y sus latidos en mi vientre.

Con una mano me separó las cachas del trasero. Dejó caer una fría gota que resbaló por toda la raja. Luego su mano experta me empezó a acariciar en parte tan sensible. Cuando sus dedos rozaron la piel de mi esfínter por primera vez exclamé:

  • Joder que gusto. Que manos tienes. Ya sabía que en esto eras un experto.
  • Bueno, sabes más el….

Empezó a jugar con sus yemas en mi ojete. Las acariciaba con suavidad y mi piel se iba transformando de tal manera, que parecía como si a mi ano le hubiesen salido unos sensibles labios que detectaban hasta el más mínimo roce.

De repente introdujo uno de sus dedos dentro de mí. Me pilló por sorpresa y contraje fuertemente el culo aprisionándolo.

  • Ay – exclamé sin poderme reprimir
  • ¿Te he hecho daño? – Me pregunto sorprendido
  • Es que no lo esperaba – le conteste.

Pero mi ano se negaba a soltar su presa.

  • ¿No serás virgen? ¿Verdad? –
  • Bueno yo…Si. – Me vi obligado a informarle.
  • Hostia Albertito. Pero a qué cojones juegas. Nunca te la han metido
  • No
  • Pero que encerrona es esta. Tal como la chupas y te comportas pensé que ya te habrías tirado a alguien.
  • Bueno también es la primera vez que hice una mamada.
  • ¡Anda la hostia! Joder. ¿Y cómo lo haces tan bien? –
  • Será innato en mí. – le dije mientras le miraba con una tímida sonrisa.

De un tirón sacó el dedo de mi culo y se levantó enojado.

  • Eso sí que no. Encima tengo que desvirgarte. Pero por quién me has tomado.
  • Alguna vez tendrá que ser la primera.  Y prefiero que sea con un experto como tu. – le respondí.

Le cogí de la polla y tirando de ella le obligué a sentarse.

  • Venga Carlos desvírgame. Te lo ruego. Lo necesito. Lo estoy deseando. No me dejes así. – Le suplicaba.

Dubitativo me miraba mientras yo le acariciaba tiernamente el rabo que se empezó a empinar de nuevo.

  • Está bien. Pero relájate. Déjame hacer No te tenses porque te dolerá más. Ábrete bien de piernas.

Seguí sus instrucciones y abracé la almohada aguardándole.

De nuevo sus untuosos dedos acariciaron mi flor. La yema de uno de ellos se fue poco a poco introduciendo con suavidad. Cuando estuvo dentro se quedó quieto mientras me besaba la espalda. Poco a poco con movimientos imperceptibles comenzó a penetrarme. Sentía con toda precisión sus avances y retrocesos y como se movía en círculos intentando dilatarme.

  • ¿Te hago daño?
  • No- Le conteste en un susurro
  • ¿Te da gusto?
  • Si. mucho. – le confesé
  • Tengo que meter otro más. Estas muy cerrado.
  • Adelante

Cuando introdujo dos sentí como mi sensible piel se estiraba. Empezó entonces un mete y saca mientras los regaba con el aceite corporal para untar bien todo el interior. Luego metió tres y comenzó a abrirlos para poder dilatarme lo suficiente para poder meterme la polla.

  • Ay – se me escapó.
  • ¿Te duele?
  • Un poco, pero sigue ya está pasando

Siguió con sus progresos y sentí como mi ano se distendía y poco a poco iba descubriendo un nuevo y desconocido agujero de placer.

  • Ay qué gusto. Sigue así. – Le dije animándole

Después de un buen rato los sacó de mi entrada, se puso en pie y dándome una nalgada me dijo.

  • Bueno creo que ya estás preparado. ¿Todavía quieres que te la meta? ¿Estás seguro? -Me preguntó mirándome a los ojos
  • Sí. Rómpeme el culo de una vez. – Le contesté valientemente. – Lo soportaré.

Cuando empezó a untarse el cipote con el aceite. Mi seguridad se desvaneció.

  • ¡Joder que grande es! – Pensé mientras veía aquella tranca, coronada por un gordo capullo, brillando en la oscuridad.

Me quito la almohada a la que permanecía agarrado y me dijo

  • Póntela debajo de la polla. Asé será más fácil

La coloqué y dejé mi culo recachado y expuesto para la primera estocada. Se subió a la cama. Se colocó entre mis piernas y me dijo

  • Bueno allá vamos. Ábrete bien.

Luego empezó a frotar su polla por la raja del culo. Cada vez que aquel aceitado rabo me rozaba el esfínter un escalofrío recorría todo mi cuerpo. Al fin se detuvo en la entrada.

  • Voy a clavártela. ¿Quieres que siga?
  • Si por Dios no prolongues esta espera. – le dije inquieto.

Con el peso de su cuerpo su glande se fue enterrando lentamente en mí. Pero cuando estaba a la mitad me pareció imposible que aquello traspasase mi entrada. Sentía la piel de mi esfínter a punto de rasgarse.

  • Dios se me va a desgarrar el culo. – Le dije entre sollozos
  • Te lo advertí. Si quieres lo dejamos.
  • No. No Sigue. Ahora no te detengas.
  • Esta parte es la más dolorosa. Cuando te meta la mota luego ser más fácil. Ya lo veras
  • Clávamela de una vez. Por favor – Le rogué

De un empellón me espetó todo el capullo. Tras su entrada mi ano se cerró tras él aprisionándolo. Sentí una punzada indescriptible en mis carnes

  • Espera. Espera no te muevas. Te lo suplico – Le rogué mientras respiraba agitadamente

Carlos se quedó quieto como una estatua.

Miraba el reloj y veía como pasaban los minutos. El dolor de mi esfínter parecía mitigarse. Sentía los latidos de nuestros cuerpos unidos. El palpitar de su polla en mi culo.

  • ¿Ya pasó? – Me preguntó mientras me acariciaba la cabeza.
  • Si. Ya no me duele tanto.
  • ¿Quieres que siga?
  • Si. Ábreme entero de una vez.

Y con una mano le empujé el culo.

Milímetro a milímetro me la clavaba. Avanzaba unos centímetros para retroceder lentamente y adentrarse a continuación un poco más. Sentía todo mi interior arder como si me clavaran una barra candente. Poco a poco me fui relajando y empecé a descubrir el placer de su monta. Mi culo en pompa iba aguantando estoicamente los embates. Sus dedos acariciaron la piel de mi ano. Al fin de un puntazo me la clavó hasta las entrañas. Sentí su cipote en lo más profundo de mi ser y no pude reprimir un alarido.

  • Dios es enorme.
  • Ahora ya la tienes toda dentro. _ me dijo Carlos mientras me palmeaba la espalda.
  • No pensé que fuera así. – le confesé
  • La primera vez siempre duele.
  • Bueno eso dicen- Añadió

Percibía sus huevos pegados a mi cuerpo y su vello público acariciando mi piel. Lo tenía dentro. Una extraña sensación de triunfo y plenitud me invadió. Al fin me había follado el hombre con el que tantas pajas me había hecho pensando en él. Cuantas veces lo imaginé dentro de mí. Y descubrí un gratificante sentimiento de poder.

Entonces empezó a cabalgarme sabiamente. Pequeñas penetraciones eran seguidas por amplias y profundas. Movía su polla en círculos dentro de mi. Y sentía, me imagino que en mi próstata, sus placenteros roces. A veces la sacaba e inmediatamente me ensartaba de una clavada. Otras se introducía suavemente en mi como el cuchillo en la mantequilla. Otras descansaba mientras me soplaba y me acariciaba el ojete

Mi culo totalmente abierto lo recibía con gusto. Veía pasar los minutos en el reloj y estaba extasiado por el placer continuo que me estaba proporcionando. No lo puedo explicar era otra manera de goce que hasta la fecha no había conocido.

Me agarró por las caderas y tirando de mí me obligó a incorporarme. A cuatro patas sobre la cama comenzó a follarme intensamente sin tregua. Su mano tomó mi polla que flácida colgaba de mi cuerpo y empezó a pajearme. Comencé empecé a empalmarme de nuevo.

Ahora con fuerza iba a su encuentro chocando contra su cuerpo. Toda la cama se bamboleaba con el ímpetu de sus nuestras acometidas. Yo babeaba de gusto con aquella polla que me estaba empalando, mientras las gotas de sudor de Carlos caían sobre mi espalda.

  • Dios que gusto. Fóllame sin tregua – le grité entre gritos de placer.
  • Dame fuerte. Clávamela a fondo. Quiero sentirte muy dentro de mí. -Aullaba.

Carlos gruñía mientras enterraba violentamente su cipote en mi desvencijado culo. No sé el tiempo que me estaba follando, parecían horas y aquel garañón no desfallecía.

Mi ardiente culo quería polla. Y en un continuo palpitar se contraía y distendida ordeñando aquel enorme cipote que albergaba. No se quien estaba follando a quien. Acompasados nos dábamos mutuo placer mientras nos acometíamos queriendo fusionarnos el uno en el otro.

  • ¡Joder Albertito! Este culo es portentoso. Es como una mano, una boca y un coño juntos. Nunca había experimentado nada igual – Me dijo Carlos deteniéndose durante unos segundos.
  • Sigue, sigue. Ahora no pares. Que estoy gozando como un loco – Le apremié
  • Te voy a dejar el ojete destrozado. – Me dijo.
  • No importa. Merece la pena. Fóllame. Clávamela con ahínco. Rómpeme entero si es preciso. Pero no ceses de darme polla. – Le gritaba en un estado de paroxismo indescriptible.
  • Me vas a tener dentro para siempre te lo aseguro- Me dijo mientras comenzaba una frenética cabalgada.

La cama parecía a punto de desvencijarse tal era el frenesí de la cópula. Nuestros jadeos eran contínuos . Sus manos en mis caderas me aventaban y atraían con violencia. La fricción de esa portentosa tranca en mi interior hacía que de mi ardiente piel se comenzaron a expandir chispazos eléctricos por todo el cuerpo.  Como en un orgasmo extracorpóreo todo mi ser, mi envoltura corporal y mi espíritu, entraron en un estado casi místico que me hizo elevarme hacia los cielos. Mis ojos en blanco y todo mi cuerpo crepitando se balanceaba en un remolino de placer.

  • Dios que gusto, Que gusto. Me voy a correr. – Gritó Carlos
  • No te salgas. Quiero que dejes algo tuyo dentro de mí para siempre. – Le dije mientras le atraía con una mano hacia mí.

Su polla empezó a crecer y crecer en mi interior mientras se clavaba intensamente. Al fin su verga estalló. Sentía potentes chorros de leche perderse en lo más profundo y una esencia caliente y balsámica me inundó. Mi culo entre espasmos ordeñaba aquel néctar que Carlos depositaba en mi. Y sentí como mi polla mansamente empezaba a derramar mi leche sobre la almohada sin tocarme. Era un orgasmo total. Cada átomo de mi cuerpo compartía el éxtasis y el tormento de mi primera entrega.

Incapaz de sostenerme me derrumbe arrastrando a Carlos que quedó tendido sobre mi. Ahora mi corazón y mi culo latían desaforadamente al compás.

Transcurrieron algunos minutos y aun no podía recuperar la normalidad. Recostado sobre el pecho de Carlos temblaba exhausto. El acariciaba mi estrenado agujero con suavidad.

  • Perdona. Creo que te he roto el culo. – Me dijo con pesar.
  • No importa ha merecido la pena – Le contesté sonriéndole tiernamente

Carlos me besó

Sentía como de mi culo estragado y abierto manaba la esencia de Carlos entre palpitaciones. Y como su leche resbalaba lentamente por mis testículos.

  • Albertito estamos de vuelta – oímos que alguien gritaba en el piso de abajo

Nos quedamos petrificados mirándonos el uno al otro sin saber cómo actuar.

  • ¡Dios son mis padres! – Le dije a Carlos en un susurro
  • ¿Y ahora qué hacemos? – Me preguntó asustado.

Salté de la cama y comencé a recoger la ropa de Carlos velozmente. Al volverme él ya estaba en pie, desnudo a los pies de la cama. Se la puse sobre el pecho y le dije

  • Rápido. Métete en el armario